
En el otoño de 1852 mientras viajaba por las provincias meridionales de Francia, mi camino me condujo a pocas millas de cierta Maison de Santé, o manicomio privado, del cual mucho había oído hablar a mis amigos médicos de París.
La morbosidad acortó esa breve distancia; los relatos que había escuchado sobre las atrocidades que allí se cometían, valían la pena ese trayecto. También la curiosidad, ¿cuánto más me pueden sorprender las barbaridades cometidas por el hombre hacia un igual?. Antes de alcanzar el prestigio que ahora poseo, recorrí la miseria humana en cuerpos tan empobrecidos, que además de la indignidad en la que te sume la enfermedad, se añadía esta otra de la indigencia. ¡En fin!, como sea, quería asegurarme de si aquello era cierto y eventualmente impedir cualquier anomalía que mancillara nuestra tan vapuleada profesión.
Ya estábamos llegando cuando a lo lejos escuché unos alaridos espeluznantes, el cochero asustado intentó disuadirme de continuar, pero me negué pues estábamos a pocos metros de nuestro destino. Mientras caminaba por el pasaje empedrado que conducía a la maison volvieron a oírse los gritos con mayor fuerza y al parecer más cerca, se repitieron por tercera vez con mayor intensidad. Alcancé la aldaba y tras una larga pausa la puerta se abrió. Un enfermero fornido se asomó al umbral abriendo sólo una rendija . Aunque vestía el uniforme convencional, estaba tan mugriento que hacía dudar de su condición sanitaria. Tras presentar mis credenciales, pedí hacer una visita guiada por el nosocomio con la excusa de que me habían hablado mucho de este centro asistenciario. Miró desconfiado pero accedió a acompañarme.
Imposible describir lo que vi en esa cárcel, una cámara de torturas para estos dolientes. ¡Cuán mezquinos en detalles habían sido mis colegas!. Sopesé las posibilidades de liberarlos, ninguna había, estaban fuera de mi jurisdicción. De pronto, me acerqué al orate y solté el perno de sus grilletes. Con ese rayo de cordura que nos otorga la supervivencia, me miró agradecido en silencio y sin moverse. Así fuí haciendo con todos. El enfermero estaba tan apurado por sacarme de allí que nunca percibió la treta. El corazón me latía con fuerza, aunque después lo contaría burlándome de aquellos sádicos cretinos, ésta fue la aventura más arriesgada que hubiera podido vivir.
De repente uno de los internos más cuerdo salió al pasillo corriendo y fue perseguido por otro guardián, pero, al fin, tras escapar por una cloaca, uno de los prisioneros logró poner en libertad a los demás
Mercedes Safont
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